miércoles, septiembre 26, 2012

¿Por qué Frida?



Ensayo escrito para el evento “Pasión por Frida”
26 de septiembre 2012. Kavarna Café Galería. Reynosa, Tmps.




Fotografía de una de las piezas expuestas por Euridice M.
(Twitter  @euridice_euri)
"Pinto porque tengo la necesidad de hacerlo, pinto siempre lo que me pasa por la cabeza sin ninguna otra consideración" nos dice uno de los iconos del arte mexicano del siglo pasado, la pintora Frida Kahlo.
En 2006, el cuadro “Raíces”, fechado en 1943 fue vendido a un comprador anónimo en una subasta de Sotheby's por 5.6 millones de dólares. Lo que estableció el record de valor de un cuadro de la mexicana. A la fecha la casa de subastas nunca ha revelado quien era dicho comprador, aunque se ha especulado que se trata de la cantante pop Madonna, quien desde la década de los ochenta, ha coleccionado obras de Frida, es bien conocido que ella es la dueña de “Mi nacimiento”, del “Autoretrato con mono” (que adquirió en una transacción privada valorada en un millón de dólares, diez años después de haber sido subastada) y que en una subasta de 1989, también en Sotheby’s, estuvo a punto de adquirir “Dos Desnudos en un Bosque (La tierra misma)”, pero su oferta fue superada por la de New York Art Gallery.
¿Por qué seguimos hablando de ella hoy? ¿Qué hay en su obra que sigue generando hordas de “Fridolátrico”? ¿O es acaso la fascinación por el personaje, por las vicisitudes de su vida, por su radicalismo ideológico, por su libertad sexual? ¿Es acaso la polémica entre admiradores y detractores lo que sigue manteniéndola presente? 
¿Por qué seguimos adquiriendo mercadería con su efigie? Bolsas, cojines, playeras, libretas. ¿Por qué muchos buscamos una litografía de alguno de sus cuadros? Siendo honestos, no todos somos Madonna para comprar originales.
¿O estamos antes una cuestión de moda? De mexicanizar el atuendo femenino, y reproducir la blusa tehuana en aparadores y muñecas de trapo (unas muy creativas, otras simplemente horribles) y usar accesorios ad hoc que reproduzcan la imagen en pulsera, collares y aretes ad nausea, como ocurre con la guadalupana. ¿Se imagina la base aromática del perfume Frida Kahlo? Esencia de copal y flor de Cempasúchil o la tan socorrida versión sport que añadiría una base cítrica.
¿Por qué en un día como hoy, en una ciudad llamada Reynosa, nos reunimos creadores y público a conmemorar a esta mujer? ¿Por qué los artistas de esta ciudad presentan aquí los trabajos que la Friducha, como le decía Diego, les inspira?
Vamos a actuar fríamente. Seamos críticos de arte por un momento. De la totalidad de la obra de Frida (reducida en cantidad comparada con la de algunos de sus contemporáneos como Picasso, o el mismo Diego Rivera) los especialistas califican de excelentes, técnicamente hablando, sólo una veintena de cuadros, la generalidad rayan en la medianía, son deficientes o incluso, algunos malos, reitero, técnicamente hablando.
Sin embargo, de esa veintena que los especialistas le otorgan el grado de excelencia, se consideran obras claves del surrealismo latinoamericano los cuadros “La mesa herida” (cuya localización se desconoce actualmente), “Lo que el agua me ha dado”, “El sueño” y “Las dos Fridas”
Y aquí me la imagino diciéndonos retadora: “No se si mis pinturas son o no surrealistas pero de lo que sí estoy segura es que son la expresión más franca de mi ser”.
Obras como “El difuntito Dimas Rosas” o “Los frutos de la tierra” se consideran representativas de la pintura de caballete de la escuela mexicana.
En su ensayo “Frida Kahlo. Una relectura crítica”, la académica Teresa del Conde dice “es notable el número de sus pinturas capaces de testimoniar sobre su capacidad creativa. Esto debe adjudicarse a un afán de superación y de perfeccionamiento que la llevo a un autoanálisis artístico”.
O dicho en palabras de Frida: “Nunca pinto sueños o pesadillas. Pinto mi propia realidad”. Por lo que los expertos en psicología del arte califican a su obra como auto proyectiva, basta ver la cantidad de autorretratos que pintó, o trabajos como “La columna rota” o “El venadito” 
¿Qué es lo que vemos ahí? ¿Será esa proyección de su esencia lo que ha desatado la pasión por Frida?
“Mi pintura lleva dentro el mensaje del dolor... La pintura me completó la vida.” Escribió la artista. Y el sufrimiento esta presente a lo largo de su vida, y es una constante en su obra. 
Podemos equiparar estos trabajos auto proyectivos con una relación sadomasoquista.
Existe cierto sadismo auto infringido hacia ella en el proceso de crear una pieza, como lo menciona en su diario: “Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior”
Así, pone el dedo en la llaga, sus operaciones, su accidente, sus abortos, la enfermedad, Diego el amante, Diego el que la abandona, Diego el accidente del que no se repuso. Y espinas, clavos, flechas, heridas, sangre, órganos, instrumental médico.
Nuevamente en sus palabras “el dolor no es parte de la vida, se puede convertir en la vida misma”.
Y no sólo Frida es la masoquista sumisa en esta relación, los espectadores de sus cuadros lo somos también. Entramos en este juego martirológico, pues somos testigos del dolor que la autora siente, y los más receptivos, sentimos su sufrimiento como propio.
He de confesar que la primera vez que visite la Casa Azul, fue inevitable derramar algunas lágrimas.
Pero si bien, el eje central de toda relación sadomasoquista es el dolor, existen ganancias secundarias en ellas, y lo que Frida obtuvo de este sometimiento es su creación, sus pinturas, su fama, porque sólo plasmando ese dolor en el lienzo, ella podía resignificar el hecho de permanecer con vida a pesar de todo y como ella señala: "El arte más poderoso de la vida, es hacer del dolor un talismán que cura".

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